sobrevolando un mundo desaparecido

Aquí hay una carretera

y la única lengua que se escucha es la de los neumáticos contra el asfalto

hay que entrenar muchas horas para llegar a comprender algo de lo que dicen

yo estoy en ello, y aguzo el oído a cada coche que pasa, y reflexiono

e intento encontrar los patrones que siguen…

estoy en ello

Antes no era una carretera, lo sé porque yo nací por aquí, no sé exactamente dónde pero sí en una de estas laderas que van bajando hasta el mar. Un sitio con cientos de casitas con su gallinero cada una lleno de gallinas y de mierda de gallina. 

Aquí había mucha gente con sus quehaceres y sus deseos íntimos, sus odios y sus planes a corto plazo, sus hijos y sus vicios, sus precauciones y sus miedos, sus Deberes tan pesados y sus anestesias para soportarlos. En fin, había mucha gente viviendo sus vidas, plantando patatas y comiendo toneladas de tortilla (de patatas). La patata creo que forma parte de mi código genético. Si fuera barato me lo haría analizar, a ver hasta dónde se me fue incrustando el tubérculo, y de paso los venenos que fuimos respirando cada día cuando jugábamos con el mercurio de los termómetros y el minio de plomo de los portales.

En todo este espacio inmenso que se puede observar por la ventanilla del avión cuando no hay nubes, existía la creencia muy arraigada de que la noche llegaba cada día por culpa de nuestros pecados. Y como después de mucho tiempo tuve conocimiento del tema de la rotación de la Tierra alrededor del Sol y todo el asunto de la alternancia día-noche-día en la que para bien o para mal no afectaba en nada nuestro comportamiento, también veo que hubo ciertas cosas positivas en la carretera ésta, con la que los otros mundos cubrieron aquél que fue el mío.

Hoy sólo pasa esa carretera por aquí, y trato, sin lograrlo por el momento, de comprender lo que intenta comunicar todo el tráfico que por ella se mueve. No sé, seguro que un día podré oír las ruedas pasando sobre el asfalto mojado, mientras estoy tumbado en la cama el sábado por la noche, pongo por caso, y poder traducir al castellano lo que gritan.

Este era un mundo pero pequeño, era un mundo que no sabía que había otros mundos que estaban preparándose para comérselo. Y así fue, sin que nadie se diese cuenta, aquí hubo un genocidio completo y no vino ningún organismo internacional a poner sus observadores neutros para observar sin inmutarse y dar fe de la desaparición de este pueblo que era el mío y ya no existe.

Los gallineros fueron desapareciendo poco a poco, y los huevos dejaron de traer consigo pegada mierda de gallina y alguna pluma de vez en cuando. Pasaron a llegar impolutos a las casas en cajas de cartón. Se dejaron de plantar patatas, era una tarea muy dura había una herramienta, un palo largo que tenía en el extremo incrustado una placa de metal con la que se escarbaba el suelo para plantar primero y luego extraer de la tierra las patatas. Bah, era algo denigrante para el ser humano. La carretera también trajo cosas buenas.

Ahora, mira por la ventanilla y si no hay nubes verás sólo una carretera, no nace nada, sólo pasan coches haciendo ruido con sus motores y sus ruedas abriéndose dos caminos en la capa de agua que recubre el firme azul oscuro. Ya desapareció la culpa por la llegada de la noche, de hecho ya no hay noche, la permanente luz de los faros de los coches ha vencido a la puesta de sol. 

Mi pueblo creo que estuvo debajo de esa carretera, ya hace tanto que no voy por allí que no podría tampoco asegurarlo. 

Sólo paso en avión de vez en cuando y si no hay nubes imagino aquellos niños salvajes tirándose piedras debajo de las encinas, pobres miserables ¡cuánto bien hizo la carretera!

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