La lengua que recibimos de nuestros padres

De pequeño nuestra madre nos enseñaba que no se dice “petar a la puerta” sino “llamar a la puerta”, además de muchas otras correcciones que intentaban eliminar la contaminación de nuestro castellano. Sin embargo, le seguíamos llamando “peja” a la “urraca”, “carballo” al “roble” y “cachopeira” a “un conjunto de ramas que nacen de un castiñeiro cortado a ras del suelo”.
Cuando tenía 18 años aprendí del profesor de lengua castellana que no se escribía “quiero que esteas bien” sino “quiero que estés bien”. Y creí que ya tenía una lengua lista para viajar por el mundo hispano sin problemas. Aunque no sabía porqué fuese a donde fuese siempre me seguían comentando lo de mi acento gallego.
Con 50 años un compañero de trabajo andaluz me explicó que no se dice “no lo doy hecho” sino “no consigo hacerlo” y eso me hizo pensar en que la lengua que recibimos de pequeños es más fuerte de lo que creemos. Mi lengua principal es el gallego desde hace más de 30 años, y también hablo francés con fluidez y me voy defendiendo en inglés y portugues, pero cuando hablo el castellano me es muy difícil no usar el que mis padres me enseñaron, este castellano de las Rías Baixas, duro como un croyo.

Publiqué esto esta semana en el grupo de facebook Club de fans de Juan Carlos Moreno Cabrera
Como reconocimiento a mis padres y a la lengua que me dieron

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